domingo, 19 de julio de 2020

30 fotos para 30 años. Mi propia historia vocacional


No es posible negar que el año 2020 ha sido un año especial, seguramente tendrá su lugar entre los libros de historia y quizá hasta algún día novelas y películas que hablen a las generaciones futuras de estos días. Por ahora, no podemos  decir que ya haya terminado la epidemia del Covid-19, pero sí que ha sido un tiempo de profundas reflexiones personales. Hoy más que nunca, vemos ligadas nuestras propias vidas con gente que vive del otro lado del mundo. Espero que eso nos ayude a ser más conscientes de que cada uno de nosotros participamos en la historia humana en su conjunto y por lo tanto, debemos ser solidarios y fraternos aún con aquél desconocido que pasa junto a nosotros.

Sin embargo, corremos el peligro de vernos únicamente como parte de un conjunto donde somos “uno más”, quizá innecesario y sustituible, y olvidarnos de nosotros como seres humanos, únicos e irrepetibles, cada uno con nuestra propia historia. Es en este sentido que deseo hoy compartir un poco de mi propia historia vocacional con motivo de mi cumpleaños.

He elegido 30 fotos que creo que me ayudarán a contar algunas cosas de mi historia. 30 instantes en 30 años ciertamente que es poco y no hará justicia a mi vida (que siempre he considerado una de las mejores del mundo y digna de ser contada) así que quizá algún día siga escribiendo mis propias anécdotas, para compartirlas con aquellas personas que me han acompañado y que han tenido un lugar muy especial en mi corazón.  

Como siempre en las historias hay que irse al principio. Fui llamado a la vida el 19 de julio de 1990 y desde entonces, siempre ha sido el día más feliz del año y fiesta nacional. Llegué a los brazos de mi madre y mi padre y bajo las miradas de cariño y sorpresa de mi hermano (Tere, Sergio y José Miguel). Es una foto tan sencilla como especial. A diferencia de la mayoría de las fotos de bebés, el centro no soy yo, es mi familia.


Desde pequeño, nuestra familia fue creciendo teniendo a Dios en medio de nosotros y así, nací a la vida cristiana. Mis padrinos fueron una tía de mi mamá y un hermano de mi papá. Siempre me he sabido especial para ambos, y desde que mi madrina se fue a vivir a Texas, nunca faltó mi tarjeta de felicitación el día de mi cumpleaños. El fallecimiento de mi madrina fue la primera muerte de la que fui consciente y que recuerdo haber llorado. Mi padrino Manuel me dijo que su esposa Tere (igual que mi mamá y mi abuela) sería como mi madrina y siempre ha sido muy especial para mí también. Además, la hija de mi madrina me siguió mandando la clásica tarjeta de cumpleaños así que al final quedé muy bien apadrinado. Buscando fotos, me di cuenta de que siempre los bautizos de todos mis primos fueron una gran fiesta y, a diferencia de los pocos que he visto últimamente, había muchos invitados. Es bonito ver que tantas personas (muchos ya no están) se alegraban conmigo, acompañaron a mis papás y padrinos y me presentaron a Dios, quien desde entonces nunca me ha abandonado.


Como el flash back se ha vuelto un recurso narrativo muy de moda haré uso de él para recordar que, cuando uno llega al mundo, llega en medio de personas que tienen su propia historia. Mi mamá es la mayor de tres hermanos, a mi abuelo Abel únicamente lo conozco por la admiración y respeto que le tienen sus hijos y su esposa, y por todo lo que me han contado, lo quiero como si lo hubiera conocido. A mi abuela sí que la conozco y siempre he sido su consentido. Mis tíos Abel y Roberto no podrían ser más diferentes entre ellos, lo que ocasionó grandes motivos de risas y alegrías en las convivencias familiares con mis tíos y primos que recuerdo con tanto cariño.


Mi papá también es el mayor de los seis hermanos. Mi abuela siempre estaba lista para contarnos todas las anécdotas de su infancia que recordara y que los nietos nos sentábamos a escuchar durante horas. Mi abuelo también la escuchaba con atención y él era el que nos explicaba el por qué de los distintos fenómenos en el mundo, siempre con un experimento diferente. Además, el enseñar a jugar ajedrez a sus nietos se convirtió casi en un ritual. De mis tíos he aprendido mucho y he podido convivir de manera diferente con cada uno de ellos.


Por alguna extraña razón, mi papá (médico psiquiatra), decidió estudiar filosofía en la universidad abierta y por recomendación de su hermano eligió a una maestra en particular y voilá, resultó ser mi mamá. Evidentemente, ni mi papá estudió filosofía, ni mi mamá le dio clases mucho tiempo pero si que se hicieron novios y al poco tiempo se casaron. Los casó el tío de mi mamá y en alguno de los viajes que pude hacer para visitarlo me encontré lo que para mí es un gran tesoro, el manuscrito original con la homilía que mi tío dio el día de la boda. La he leído varias veces y he descubierto cuán importante fue ese día en la vida de mis padres y en la formación de mi familia. A mi mamá le decía que, como filósofa no olvidara a San Agustín “Fides quaerens intellectum” (la fe que va en busca de la razón) y a mi padre que defendiera siempre su ética con una profesión científica que defendiera la vida.


Quienes conocen a mis padres estarán de acuerdo conmigo en que mi tío acertó al ver el armonioso conjunto de mis papás: Fe, ciencia y razón. Y los invitaba a converger:
“Converged en el descubrimiento recíproco de vuestras capacidades y vuestra predilección. Éste es el más precioso tesoro que una pareja casada puede tener en este mundo. Cristo que es amor, puede ayudarlos a adquirirlo. Y Cristo crecerá en vos, dentro de vos. Respetaos mutuamente. Esos dos cuerpos, que van a construir una sola carne, y que serán compenetrados por la gracia sacramental, que no sean profanados por placeres transeúntes. Sus cuerpos -templos de Cristo- que sean diáfanos y purísimos, como el cáliz de esta Eucaristía.”
Esa convergencia de mis padres, teniendo a Cristo como centro, no podía dejar de ser fecunda y es así como, teniendo el ejemplo de ese amor, mi hermano y yo hemos sido siempre unidos y fraternos. ¡Cuántas cosas hemos vivido juntos desde que éramos pequeños y mi hermano me cuidaba mientras me iba enseñando lo que él mismo sabía del mundo!


Otro de los momentos claves de la homilía de mi tío, fue cuando habló de los momentos tristes invitándolos a “¡No abatirse, SURSUM CORDA! (Levantar los corazones)” . Desde ese día mis papás lo adoptaron como lema y les ha ayudado aún en los momentos más difíciles de su vida. Su primer hijo, el primer nieto, la ilusión de ambas familias, mi hermano mayor, murió a los pocos meses de haber nacido llenando de tristezas, y quizá de dudas, a mis padres. Poco después, Dios llamó a mi hermana el mismo día que nació. De no haber levantado los corazones, mis papás habrían perdido toda esperanza. Aún no he conocido a mis hermanos, pero no por eso los quiero menos y puedo decir que los recuerdo con la misma certeza que tengo de que los conoceré algún día. 


 Desde que soy pequeño he sido travieso y si tuve cómplices en mis travesuras (a parte de mi hermano) fueron mis abuelos. Con la mamá de mi mamá (que nuca ha sido abuela sino Tita) pasé las aventuras más divertidas e inverosímiles que se puedan ocurrir. Todas, fruto de su personalidad tan especial que tan pronto se soltaba a las lágrimas por la emoción, como contagiaba a todos con sus carcajadas. Socarrona como todos sus hermanos y siempre puesta para la fiesta y los paseos. Distraída y despreocupada pero siempre dispuesta a compartir con sus nietos. El Alzheimer es una enfermedad muy dura y muy difícil, tanto para la persona que se enferma como para sus familiares, pero es increíble ver que Tita conserva aún hoy toda la esencia de su personalidad y estoy seguro de que ha tenido una vida verdaderamente plena.


Con mis abuelos paternos también tengo recuerdo muy bonitos. Si pasé una infancia feliz, también fue gracias a ellos. Por el trabajo de mis papás, pasaba largas horas en casa de mis abuelos y la mamá de mi papá (que nunca ha sido abuela sino Ma), nos ponía a rezar el rosario y nos daba su homilía. En alguna de esas tardes que nos quedábamos en su casa, mis abuelos me llevaron a misa (en contra de mi voluntad que prefería quedarme viendo la tele). Yo estaba de malas, la Iglesia la estaban arreglando y había unos andamios gigantes y para colmo, se fue la luz y el padre tuvo que gritar para que escucháramos la misa. La gente estaba en completo silencio, apenas y se veía al padre por entre las bancas pero sí que lo logré escuchar. “¡Echen las redes!”, repitió el padre varias veces, haciendo énfasis en la actitud de los apóstoles al confiar en Jesús e invitándonos a echar nuestras redes para descubrir que había muchos pescados. Yo decidí creerle también y confié en Jesús. Nuestra fe se basa en el encuentro personal con Cristo resucitado y yo se que ese día tuve mi primer encuentro real con él. A partir de ese día lo que le pidiera a Dios, siempre me lo daba. Y esa fue la razón por la que les pedí a mis abuelos que fueran mis padrinos en mi primera comunión.


Sería imposible contar todas las travesuras que hacía de niño. Una de ellas fue sacar todos los libros que había en el librero de mi cuarto y ponerme a “leerlos”. Creo que poco a poco, uno va descubriendo las cosas que le gustan en la vida y aún hoy sigo disfrutando de la lectura y sonrío cada vez que tengo un libro en mis manos. Es con los libros que he aprendido a soñar, a buscar ideales, pero también a ver el mundo de manera realista sin perder la esperanza.


Desde luego que nuestros gustos y nuestra vocación no los vamos descubriendo solos. Mi papá (y mi abuelo), siempre nos enseñaba cómo funciona el mundo, y siempre había nuevos experimentos en casa. Hoy no puedo negar que definitivamente todo eso influyó en mí para pasar los últimos doce años de mi vida viendo tubos de ensaye, agitando mis matraces y descubriendo el mundo.


Y al descubrir el mundo, tampoco he estado solo. Siempre han estado mis primos con los que corría desde pequeño. ¡Cuántas fiestas no tuvimos de pequeños! Recuerdo las vacaciones en casa de mis tíos en Cocoyoc, el vender a escondidas las frutas de mis abuelos, etc. Creo que fuimos la última generación que nos llevaban al parque y nos dejaban jugar en la calle sin que hubiera ningún adulto, alguna vez hasta nos colamos en una fiesta en un salón infantil ¡y nuestros papás ni cuenta se dieron! 


Poco a poco fuimos creciendo.  Hemos madurado y aunque muchas cosas han cambiado desde que éramos niños, nos seguimos viendo con cariño, riendo de las historias y anécdotas, viviendo cosas nuevas, y aún descubriendo el mundo cada día con sus nuevos retos.


En la escuela, estudié doce años con los hermanos maristas. ¡Cuánto aprendí de ellos! Tuve excelentes maestros que sigo recordando con cariño pero sobre todo, les agradezco el amor y la cercanía a mi Buena Madre, María. También a mi paso por los colegios maristas fui conociendo a algunos de los que, hasta el día de hoy, son mis mejores amigos. En torno a la música (que alguna vez consideré como mi vocación) he compartido con ellos algunas de las mejores experiencias de mi vida.


Y así llegué a la universidad cuando decidí estudiar química y quedé enamorado de los átomos desde el primer día de clases. No puedo dejar de sonreír cada vez que veo una tabla periódica y en la Facultad de Química, he aprendido lo maravilloso que es la ciencia y la investigación. La emoción al descubrir algo nuevo, y que por unos instantes tú seas la única persona en el mundo que lo sabe es muy difícil de describir, pero la alegría de compartirlo con otros, de discutir las propias ideas y de ir comprendiendo así cómo funciona el mundo es fascinante.


Durante mi primer año en la facultad me enfermé de mononucleosis infecciosa y tuve que estar reposo. Yo era demasiado activo y el tener que estar en cama tres semanas sintiéndome demasiado débil fue una prueba muy difícil para mí. Cuando por fin pude regresar a la escuela no me duró mucho el gusto pues, esa misma semana, anunciaron el brote de H1N1 y tuve que regresar a mi casa (jamás pensé que volvería a pasar tanto tiempo en mi casa sin salir y bueno…siempre hay un virus). A pesar de que algunos síntomas me duraron cerca de un año, también recuerdo ese periodo porque empecé a pintar nuevamente y, como buen alumno marista, realicé un cuadro de la Virgen como regalo para el 25 aniversario de mis papás.


Una de las experiencias que viví junto con mi grupo de amigos del coro, fue poder cantar con una orquesta la novena sinfonía de Beethoven. Para mi fue particularmente importante porque gracias a ese concierto, conocí a quien sería mi asesora de tesis y quien me abrió las puertas de su laboratorio los últimos 10 años.


En el laboratorio 212, me dediqué primero a la química Inorgánica donde trabajé con hierro y cobre. En la maestría, me cambié al área de la bioquímica y de la química bioinorgánica la cual pienso que es el área más bonita de la ciencia. Pero mas allá de la ciencia, he encontrado grandes amigos y un gran cariño y estima por parte de la Dra. Martha Sosa y su esposo el Dr.Kroneck de quienes he aprendido más de lo que podría imaginar.


En el 2013 viajé por primera vez a Canadá a visitar a mi tío Pedro. Fue una experiencia inolvidable. Creo que por llevar los dos el nombre de Pedro, nos sentimos muy identificados el uno con el otro. Le ayude a organizar sus papeles con lo que pude aprender muchísimo de la familia, de su vida en Roma como secretario del Card. Tisserant y de su trabajo en los tribunales eclesiásticos (los grandes logros que siempre  presumían sus hermanos). Pero más allá de eso, el poder vivir un mes con él en la casa parroquial me permitió conocer a mi tío como sacerdote y lo que era la vida parroquial con su comunidad. Además, tenía poco que mi novia me había preguntado si nunca había pensado en ser sacerdote y fue en ese viaje que recuerdo haber puesto por primera vez en oración el preguntarle a Dios qué quería de mi vida.


 Mi vida empezó a dar vueltas al entrar al doctorado. Acababa de terminar una relación y me sentía muy lastimado. Pero académicamente estaba empezando a despegar. Me había titulado de la maestría con mención honorífica y me aceptaron en un curso en la Universidad de Lovaina. Ese viaje fue muy importante para mi y aunque el curso me recordó una vez más por qué me gusta tanto la ciencia, discutir las ideas y aprender cosas nuevas, debo confesar que algo me hacía no estar del todo a gusto.

Ese mismo año asistí a dos congresos nacionales, en Puebla y en Hermosillo, donde cada vez más sentía que me abría mi propio camino en la ciencia mientras aprendía cosas nuevas. Pero al mismo tiempo me servía para confirmar que, si bien lo disfrutaba y me fascinaba, notaba algún vacío y me hacía sentir inquieto. Así que me ilusionaba la perspectiva de comenzar algo nuevo.


Con mucho, una de las mejores experiencias que he tenido en la universidad ha sido el poder dar clases. Desde pequeño sabía que quería entrar a la universidad y supongo que al ver a mis padres, me imaginaba también como maestro. Cuando vi mi nombre entre los nombres de otros maestros (algunos de los cuales me habían dado clases), sentí un gran orgullo y una gran satisfacción. Aún tengo mucho camino por recorrer y demasiado que aprender en la enseñanza, pero estoy seguro de que compartir y enseñar lo que uno sabe con los demás es de las acciones más nobles que existen y ahora entiendo a san Marcelino Champagnat cuando decía que para educar a los jóvenes hay que amarlos. Ese año fue cuando más empecé a crecer en lo académico pero había algo más que cambiaría por completo mi vida.


Una tarde de ese año, mientras regresaba a mi casa, cayó una tormenta impresionante. Como pasaba junto a una iglesia no dude en refugiarme y en “colarme” a la fiesta parroquial que había en ese momento. Ahí me encontré al hermano de mi padrino de confirmación que es sacerdote. No recuerdo muy bien de qué hablábamos pero de repente me preguntó si alguna vez me había llamado la atención el ser sacerdote. Fue la primera vez que le dije a alguien que sí lo había pensado. Cuando me preguntó qué había hecho al respecto le conteste de la manera más honesta posible y le dije “salir corriendo”. Se rió, me recomendó que hablara con mi párroco y seguimos platicando y la fiesta continuó. Una vez más salí corriendo y por supuesto que no busqué a nadie para hablar de eso. Como estaba yo muy lento, Dios movió un poco las cosas y un día recibí la llamada de mi párroco invitándome para ayudarlo a organizar la pastoral social de la parroquia. Aproveché, hablé con él, y fue así como comencé un camino que, durante los últimos dos años, me ha ido acercando paso a paso, al Seminario Conciliar de México.


Ha sido un tiempo de profunda reflexión interior, de conocerme más a mi mismo, de conocer mejor y acercarme cada vez más a Dios y de encontrar nuevas amistades en el camino. Le agradezco sobre todo a mi director espiritual quien me ha escuchado, me ha aconsejado y me ha ido guiando en todo este proceso. Ha sido también un tiempo de decisiones difíciles y de muchas dudas. Pero al mismo tiempo también ha sido un tiempo de inmensa alegría al encontrar aquello que me faltaba y que me inquietaba tanto. De los momentos de más reflexión han sido esos momentos en que he escalado algunas montañas (ya sea con mi padrino, con mi hermano o con mi mamá). El esfuerzo al subir, se ve recompensado con creces al ver grandes paisajes y sentir el viento suave en el rostro.  Pero también, el bajar nos recuerda que la vida misma no es para quedarnos absortos en lo alto sino que debemos aterrizarla y ponerla al servicio de los demás.


Este camino lo he ido compartiendo poco a poco con mi familia, con mis primos, con mis amigos, etc. Con cada una de las personas que lo comparto descubro cosas nuevas y escucho nuevos consejos. En particular, ha sido muy gratificante ir descubriendo mi propia vocación y eligiendo mi camino al mismo tiempo que mis primos comienzan a elegir los suyos propios. Así, he ido viendo ya casados y convirtiéndose en padres a varios de mis primos.


Hace un año, mi hermano y yo pudimos, después de muchos años teniendo ese anhelo, viajar a Italia y a Rusia. Era un deseo que tenía desde la secundaria y fue el mejor momento para poder hacerlo. No fui como turista sino como peregrino. Poder visitar la tumba de mi santo patrono, festejar el día de mi santo con una misa en la Basílica de San Pedro (siendo también la fiesta patronal) y sobre todo poder compartir tantas cosas con mi hermano ha sido una de las experiencias más bonitas y profundas que he tenido en mi vida. Cada uno de los días de ese viaje tuve la certeza de que Dios me quería decir algo, y en cierta forma, creo que me fue preparando para todo lo que vendría este último año y quizá mas.


Una de las paradas obligadas para mi en ese viaje, era visitar la casa del famosísimo Mendeleiev. Afuera se encuentra una estatua suya a los pies de la tabla periódica que tanto había marcado mi vida. Las instrucciones para llegar no eran del todo claras, así que mi hermano y yo nos perdimos un poco por las calles de la ciudad. Pero en ese perdernos nos topamos con una pequeña puerta con un vitral muy sencillo que mostraba a la Inmaculada Concepción. Me llamó la atención y descubrimos que ese era el seminario de la diócesis de San Petersburgo al cual pudimos entrar, conocerlo un poco y participar en una de las misas. Una vez más, la búsqueda en la química me llevaba al seminario.


No podría dejar de recordar tampoco mi pasión por la estrellas y el espacio. ¿Quién sabe y algún día logre estar allá arriba en la luna? ¡Cuántas horas no he pasado en el frío, noche tras noche, tomando fotos, observando con admiración y meditando las palabras “Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado, ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Sal 8, 4-5)”. Son para mí esos momentos en los que me siento más cerca de Dios. En que, como Abraham, puedo ver las estrellas y hablar con él.


Si siempre me he considerado una persona feliz, los últimos han sido los más felices. Y las experiencias más profundas y gratificantes que he tenido, ha sido el ver crecer y envejecer a mis abuelos. Poco a poco se han ido haciendo menos independientes y es difícil ver eso, pero me ha dado la oportunidad de que, así como ellos me cuidaron a mi de pequeño, pueda yo cuidarlos ahora y compartir con ellos nuevas aventuras mientras seguimos siendo cómplices en la vida. Junto con ellos, he aprendido que la dignidad y la plenitud de la vida no están en la mente o en la fuerza del cuerpo sino en el amor.


Y así he llegado al año 2020, después de 30 años de un largo pero emocionante camino. Empezaba el año sentado a la orilla del mar, viendo un atardecer y llorando la muerte de mi tío. Pero al mismo tiempo ante la perspectiva de un año muy importante para mi. De acuerdo a mis planes, para estas fechas me habría ya titulado del doctorado y estaría a punto de entrar al seminario y empezar una nueva etapa de mi vida a la edad tan especial de 30 años. Todo esto ameritaba una gran fiesta de cumpleaños y conforme se acercaba el año aumentaba la ilusión. Llegó el coronavirus y cambió no solo mis planes sino ¡los del mundo entero!

Al principio me parecía evidente que para julio podría ya hacer la fiesta tan esperada pero conforme pasó el tiempo me di cuenta de que no sería así y para mi sorpresa, descubrí que estaba todavía más ilusionado de lo que habría pensado. Y es que en realidad, ahora descubro que mi ilusión y mi esperanza no estaban en mis planes sino en que este nuevo paso que quiero dar consiste justamente en abandonarme por completo a Dios, en dejar mi vida ante él y a mí solo me tocará seguir sonriendo, sirviendo y compartiendo con aquéllas personas que me han acompañado los últimos 30 años y con las nuevas personas que Dios ponga en mi camino.


Pedro David



domingo, 5 de julio de 2020

La persona que más admiro

Sé que muchos hoy en día admiran enormemente a Obama, a López Obrador, a Elon Musk, a Greta Thunberg o a Malala. Algunos otros son grandes fanáticos de algún grupo musical de j-pop o k-pop ¿Y cuántos no son admiradores de Lady Gaga más que de nadie en la vida?

En varias ocasiones eso me ha animado a pensar sobre la persona a quien yo más admiro. El talento y las acciones de muchos famosos impresionan y llaman la atención, aunque otras veces no nos es fácil admirar demasiado a los que nos parecen distantes y podríamos preguntarnos ¿podré llegar a conocer lo suficiente a ésta persona con quien no puedo charlar? A veces olvidamos la gran importancia de las pequeñas acciones o de las convicciones más profundas, que al pasar de los años llegaremos a descubrir en aquellos a quienes tenemos más cerca.

Lo que escribo hoy surge en parte por lo que escribieron recientemente mi hermano, Pedro y mi prima, Fer sobre cada uno de nuestros respectivos papás, Sergio y Tomás. Ambos me han conmovido y han hecho que me anime a escribir y publicar esta entrada que llevaba ya tiempo considerado. A diferencia de lo que escribió mi hermano ("A mi padre", aquí en El Acueducto Romano), lo que lees no se tratará de nuestro padre, pero sí de un papá… del papá de nuestro padre: nuestro abuelo, Sergio.

A quien más admiro en este mundo está sumamente más cerca que las personas famosas o ilustres que todos conocen. A mi abuelo puedo admirarlo por bastantes más razones que a cualquier famoso.

Admiro especialmente todo lo que sabe, lo mucho y lo rápido que lee, que sea tan curioso del mundo. También me encanta lo mucho que disfruta el ajedrez o que pueda leer partituras y que toque tan bien el piano y aprenda nuevas palabras al resolver crucigramas todos los días ¡A sus más de 80 años es impresionante el gran ánimo que tiene para aprender cosas nuevas!

Pero lo que más le admiro, es su compromiso con su familia. Siempre ha amado a su esposa — mi abuela. Han estado separados por periodos largos, sobre todo cuando tenían poco de casados. Y ahora que están todo el tiempo juntos y que son ya bastante más grandes, se preocupa aún más por ella:
cuando tose, cuando se enferma, cuando no duerme o cuando algo le duele.

Alguno de sus hijos — mis tíos —, lo conoció al regresar de uno de sus viajes, pero él siempre estuvo al pendiente de cada momento de todos. Mi abuelo ha trabajado en otros países ¡y siempre regresó con más ánimos que antes! para cuidar y amar a su familia.

También cuidó siempre de su hermana, Irma. Y además la alentó a aprender música, algo de italiano y muchas otras cosas.

Habrá sido difícil para él separarse por períodos cortos y largos de la esposa y los hijos que tanto ama. Lo hacía por ellos: para darles lo que necesitaban. Y cuando regresaba, su tiempo era para ellos ¡y qué gran alegría para todos cuando estaban juntos! Esas separaciones les enseñaron a todos a valorar más la compañía, el calor del hogar, los abrazos… ¡Cómo aprendió mi abuelo de todo eso!

Mi abuela platica más que mi abuelo y gracias a ella todos lo sabemos. Cada domingo durante la hora ¡o las horas! de la comida, siempre cuenta anécdotas de aquellos días, junto con más anécdotas de cuando era niña y hacía travesuras.

Algo más que admiro de mi abuelo: sin ser muy tímido (porque siempre dice lo que piensa y enseña lo que sabe) escucha más de lo que habla… y piensa con cuidado. ¡Qué rara se ha vuelto en nuestros días esa hermosa cualidad!

Pensando y escuchando, cambió incluso ideas profundas sobre lo que creía; porque es humilde y busca la verdad. Ama a su familia y sé que ha visto reflejado en ella el rostro del gran Amor: el del Padre amoroso y su Hijo, que nos esperan a todos en su morada eterna, al término de nuestros días — ¡más bien, todos los días! — y con los brazos abiertos. En gran parte gracias a ese amor de mis abuelos he podido descubrir que el amor no es únicamente un sentimiento humano, sino algo más sublime.

Ese amor tan patente cuando mi abuela le dictaba a mi abuelo en inglés, aunque no dominara el idioma, que eso poco importa. O cuando ambos, ya mayores, viajaron juntos a Canadá para visitar a su hija y a sus más jóvenes nietas. Ese amor que es lucha, trabajo, sacrificio… pero también gozo, compañía y servicio desinteresado (aunque aun así correspondido).

Mi abuelo es también un gran traductor. Y ese trabajo es digno de apreciar: A parte del gran talento, que ha desarrollado para aprender idiomas se esfuerza al máximo por lograr que las palabras que lee en inglés o en algún otro de los idiomas que conoce digan, si es posible, lo mismo que en español — y viceversa.

Siempre he disfrutado las maravillosas ocasiones en que he traducido algo con mi abuelo. Todas ellas han sido una divertida aventura. ¡Especialmente aquella traducción, hecha al momento, de un rebuscado poema de Edgar Allan Poe! de más está decir que mi abuelo hizo casi todo el trabajo y las partes más complicadas; y que decidió hacerlo de inmediato, principalmente debido a los defectos de la traducción que yo estaba leyendo.

Ese es otro rasgo genial suyo. siempre estará dispuesto a ayudar, especialmente, al enseñar y compartir conocimientos. Y si algo que un nieto le pregunta no lo sabe ¡no tardará en saberlo! Buscará en la enciclopedia, le preguntará a algún amigo y lo investigará de alguna forma hasta resolver completamente cualquier duda… Y seguirá interesado en el tema, además aprenderá algo nuevo al respecto y por supuesto que lo compartirá en cuanto pueda con nosotros.

Él, mi abuelo fue mi primer maestro ¡Y es el mejor que tengo!