domingo, 5 de julio de 2020

La persona que más admiro

Sé que muchos hoy en día admiran enormemente a Obama, a López Obrador, a Elon Musk, a Greta Thunberg o a Malala. Algunos otros son grandes fanáticos de algún grupo musical de j-pop o k-pop ¿Y cuántos no son admiradores de Lady Gaga más que de nadie en la vida?

En varias ocasiones eso me ha animado a pensar sobre la persona a quien yo más admiro. El talento y las acciones de muchos famosos impresionan y llaman la atención, aunque otras veces no nos es fácil admirar demasiado a los que nos parecen distantes y podríamos preguntarnos ¿podré llegar a conocer lo suficiente a ésta persona con quien no puedo charlar? A veces olvidamos la gran importancia de las pequeñas acciones o de las convicciones más profundas, que al pasar de los años llegaremos a descubrir en aquellos a quienes tenemos más cerca.

Lo que escribo hoy surge en parte por lo que escribieron recientemente mi hermano, Pedro y mi prima, Fer sobre cada uno de nuestros respectivos papás, Sergio y Tomás. Ambos me han conmovido y han hecho que me anime a escribir y publicar esta entrada que llevaba ya tiempo considerado. A diferencia de lo que escribió mi hermano ("A mi padre", aquí en El Acueducto Romano), lo que lees no se tratará de nuestro padre, pero sí de un papá… del papá de nuestro padre: nuestro abuelo, Sergio.

A quien más admiro en este mundo está sumamente más cerca que las personas famosas o ilustres que todos conocen. A mi abuelo puedo admirarlo por bastantes más razones que a cualquier famoso.

Admiro especialmente todo lo que sabe, lo mucho y lo rápido que lee, que sea tan curioso del mundo. También me encanta lo mucho que disfruta el ajedrez o que pueda leer partituras y que toque tan bien el piano y aprenda nuevas palabras al resolver crucigramas todos los días ¡A sus más de 80 años es impresionante el gran ánimo que tiene para aprender cosas nuevas!

Pero lo que más le admiro, es su compromiso con su familia. Siempre ha amado a su esposa — mi abuela. Han estado separados por periodos largos, sobre todo cuando tenían poco de casados. Y ahora que están todo el tiempo juntos y que son ya bastante más grandes, se preocupa aún más por ella:
cuando tose, cuando se enferma, cuando no duerme o cuando algo le duele.

Alguno de sus hijos — mis tíos —, lo conoció al regresar de uno de sus viajes, pero él siempre estuvo al pendiente de cada momento de todos. Mi abuelo ha trabajado en otros países ¡y siempre regresó con más ánimos que antes! para cuidar y amar a su familia.

También cuidó siempre de su hermana, Irma. Y además la alentó a aprender música, algo de italiano y muchas otras cosas.

Habrá sido difícil para él separarse por períodos cortos y largos de la esposa y los hijos que tanto ama. Lo hacía por ellos: para darles lo que necesitaban. Y cuando regresaba, su tiempo era para ellos ¡y qué gran alegría para todos cuando estaban juntos! Esas separaciones les enseñaron a todos a valorar más la compañía, el calor del hogar, los abrazos… ¡Cómo aprendió mi abuelo de todo eso!

Mi abuela platica más que mi abuelo y gracias a ella todos lo sabemos. Cada domingo durante la hora ¡o las horas! de la comida, siempre cuenta anécdotas de aquellos días, junto con más anécdotas de cuando era niña y hacía travesuras.

Algo más que admiro de mi abuelo: sin ser muy tímido (porque siempre dice lo que piensa y enseña lo que sabe) escucha más de lo que habla… y piensa con cuidado. ¡Qué rara se ha vuelto en nuestros días esa hermosa cualidad!

Pensando y escuchando, cambió incluso ideas profundas sobre lo que creía; porque es humilde y busca la verdad. Ama a su familia y sé que ha visto reflejado en ella el rostro del gran Amor: el del Padre amoroso y su Hijo, que nos esperan a todos en su morada eterna, al término de nuestros días — ¡más bien, todos los días! — y con los brazos abiertos. En gran parte gracias a ese amor de mis abuelos he podido descubrir que el amor no es únicamente un sentimiento humano, sino algo más sublime.

Ese amor tan patente cuando mi abuela le dictaba a mi abuelo en inglés, aunque no dominara el idioma, que eso poco importa. O cuando ambos, ya mayores, viajaron juntos a Canadá para visitar a su hija y a sus más jóvenes nietas. Ese amor que es lucha, trabajo, sacrificio… pero también gozo, compañía y servicio desinteresado (aunque aun así correspondido).

Mi abuelo es también un gran traductor. Y ese trabajo es digno de apreciar: A parte del gran talento, que ha desarrollado para aprender idiomas se esfuerza al máximo por lograr que las palabras que lee en inglés o en algún otro de los idiomas que conoce digan, si es posible, lo mismo que en español — y viceversa.

Siempre he disfrutado las maravillosas ocasiones en que he traducido algo con mi abuelo. Todas ellas han sido una divertida aventura. ¡Especialmente aquella traducción, hecha al momento, de un rebuscado poema de Edgar Allan Poe! de más está decir que mi abuelo hizo casi todo el trabajo y las partes más complicadas; y que decidió hacerlo de inmediato, principalmente debido a los defectos de la traducción que yo estaba leyendo.

Ese es otro rasgo genial suyo. siempre estará dispuesto a ayudar, especialmente, al enseñar y compartir conocimientos. Y si algo que un nieto le pregunta no lo sabe ¡no tardará en saberlo! Buscará en la enciclopedia, le preguntará a algún amigo y lo investigará de alguna forma hasta resolver completamente cualquier duda… Y seguirá interesado en el tema, además aprenderá algo nuevo al respecto y por supuesto que lo compartirá en cuanto pueda con nosotros.

Él, mi abuelo fue mi primer maestro ¡Y es el mejor que tengo!

miércoles, 24 de junio de 2020

A mi padre


          En más de una ocasión me he cuestionado si admiro más la pintura o la escultura. Leonardo da Vinci consideraba que la pintura era un verdadero arte mientras que la escultura era simplemente una técnica, y concluye que la pintura es más perfecta que la escultura. Uno de los puntos para decir tal cosa es el movimiento, mientras que la pintura es estática, para apreciar por completo una escultura debemos verla de distintos ángulos. También habla de las luces y las sombras, el pintor debe conocer acerca de las luces y cómo se proyectan las sombras mientras que el escultor simplemente talla su obra y la luz natural proyectará las sombras ahí donde sea necesario. El punto final que da para demostrar que la escultura no es arte, es el hecho de que, en la pintura, se puede recrear un velo, mientras que en la escultura esto no es posible.

          Gran admirador de da Vinci, me vi convencido por sus argumentos y consideré mucho tiempo como un arte “menor” la escultura que la pintura…hasta el día que vi una escultura con un velo (supongo que Leonardo habría cambiado de parecer al igual que yo). Quedé impresionado por esa escultura y comencé a valorar nuevamente este arte. Y en el fondo he descubierto que puedo pasar más tiempo admirando una escultura que una pintura.

          Yo creo que, para que algo pueda ser considerado como arte, debe de expresar los sentimientos y emociones que son universales en el ser humano (la alegría, la tristeza, la ira, la desesperación, etc.) y debe motivarnos a reflexionar y profundizar sobre la misma naturaleza humana. De ahí que, los temas que más me gusta contemplar (en pinturas y esculturas) son el amor, la fraternidad, la familia, el sacrificio, la justicia, la fe, etc.

          Para expresar dichos sentimientos y motivarnos a estas reflexiones, el arte se vale de la técnica por un lado y de un motivo por el otro. Me parece que la técnica suele sobrevalorarse sobre el motivo. La técnica del impresionismo, por ejemplo, suele no gustarme, pero si veo un amanecer pintado al estilo impresionista que me mueva a admirarlo podré apreciar el arte en esa obra. Por el contrario, mi pintor favorito podrá ser el Greco y admiro su cuadro de las lágrimas de San Pedro, pero si veo el retrato de Juan Alfonso de Pimentel y Herrera quizá podré apreciar un poco la técnica, pero no me mueve realmente a la reflexión. Pienso yo que se debe a que el motivo, en este caso don Alfonso, me es del todo ajeno (prueba de ello es que tuve que buscar en Google el nombre del susodicho).


          Valga toda esta introducción para decir que considero que la escultura está en desventaja por lo limitado de los motivos que encontramos en este arte. Si son muy viejas serán de dioses griegos y romanos o de emperadores, si son algo más recientes, de reyes y nobles, generalmente en poses sobre exaltadas. Y eso no implica que no sean verdaderamente artísticas, pero se extrañan los sentimientos que nos provocan las pinturas campestres o de hermosos paisajes. Ciertamente es raro encontrar una escultura de un pastorcillo por ejemplo (evidentemente en un nacimiento si encontraremos más esculturas de pastorcillos que en un museo).

          Siendo todo esto mi razonamiento, me sorprendí el año pasado, estando de viaje con mi hermano, cuando vimos en un museo una escultura maravillosa. Quizá más maravillosa por su humildad, una escultura que mediría no más de metro y medio, al centro de un salón inmenso y rodeada de enormes pinturas que llegaban hasta el techo. El motivo de la escultura no era ningún rey ni emperador mostrando su poder, sino un pobre campesino sentado sobre un tronco junto con su pequeño hijo.



          El campesino se ha llevado su mano izquierda a la cabeza y se desacomoda los cabellos mientras luce verdaderamente preocupado. Quizá piensa en sus problemas económicos, en cómo podrá llevar el sustento a su hogar. Quizá piensa en el trabajo que ha perdido, quizá en su esposa que ha perdido. Es evidente que está preocupado, casi me atrevería a decir que está a punto de caer en la desesperación. Mientras los pensamientos se atropellan en su mente, la mano derecha, en un gesto más bien instintivo y sin darse cuenta, rodea a su hijo acercándolo hacia sí.



          El hijo ve a su padre, y comprende sus preocupaciones. Busca su mirada, fijando sus pequeños ojos en el rostro de su padre. Se lleva un dedo de su mano derecha a la boca, en un claro gesto de sus propias dudas ¿debe decirle algo a su padre? ¿podrá él, de alguna manera, consolar a su padre? Y es aquí donde, a mi parecer, radica la majestuosidad de esta escultura. El niño ha llevado su mano izquierda, instintivamente y sin darse cuenta, a tocar, o mas bien, a acariciar sublimemente, el brazo con que el padre expresa sus preocupaciones. Es éste el consuelo que el niño, en su pequeñez, puede darle al padre. Al mismo tiempo que el padre, lo abraza y le muestra al hijo su protección, más allá de toda preocupación.



          Es una magnífica obra que muestra la relación y la conexión entre un padre y su hijo. No es una conexión meramente psicológica o incluso social, es una conexión mucho más profunda porque el niño conoce a su padre y el padre conoce a su hijo. En nuestra civilización moderna hemos ido perdiendo esta capacidad de entender la relación padre-hijo y quizá a ello se deba que cada vez sea menos una civilización cristiana. La relación del Padre y el Hijo es fundamental en el cristianismo. Quien ha visto al Hijo, ha visto al Padre. Si quitáramos de la escultura al padre, y nos quedáramos sólo con su hijo, entenderíamos perfectamente que está buscando a su padre y la preocupación que éste tiene.

          De ese modo, si volviéramos los ojos a Cristo en el monte de los olivos, deberíamos ser capaces de ver el rostro del Padre. No un padre lejano que se niega a “apartar el cáliz de su hijo”, sino un padre que sufre junto con su hijo. Que al mismo tiempo que Cristo llora, el Padre sufre por la humanidad, deseando ya que seamos capaces de llamarlo “Padre nuestro”.

          No hay ninguna otra religión que se atreva a llamar Padre a su Dios en el mismo sentido que lo hacemos los cristianos. Odín podrá ser “el padre de todo” pero eso sólo indica su carácter superior en la mitología nórdica. El Dios revelado por Cristo en cambio, aquél que dice que su nombre es “Yo soy”, aquél que es, es nuestro Padre. En el sentido de que debemos dejarnos ser abrazados por el en nuestras preocupaciones mientras él las comparte y nos consuela recordándonos que incluso nuestros cabellos son más importantes que los pajarillos.

          Hace unos días celebramos el día del padre y yo doy gracias a Dios por mi papá, porque siempre me ha llenado de amor y de cariño. Y no sólo a mí, también a mi mamá, a mis hermanos y a mis abuelos. Me ha llenado de consejos, de enseñanzas y de alegría. Como médico, siempre se ha preocupado, quizá en exceso, por la más ligera tosecilla o por la mínima señal de enfermedad. Claro que también lo he visto triste y preocupado en muchas otras ocasiones, a veces agobiado por problemas económicos, pero especialmente, cuando ve mi fragilidad y mis fracasos. En esas situaciones, siempre ha venido a mí, me ha abrazado y ha compartido mis sufrimientos. Espero que yo haya podido, en esas ocasiones, llevar mi mano a su brazo cerrando siempre ese mutuo consuelo.

          Un último punto sobre la escultura, mi padre y yo. El niño, parece llevar un crucifijo colgado al cuello. Pienso que ese ha sido el mayor regalo que le ha dado su padre, pues el regalo más grande que me ha dado a mí mi propio padre ha sido el poder ver reflejado en él, el gran amor que me tiene Dios y por el que he aprendido a llamarlo Padre.


Pedro David

         * Además de dedicar esta entrada a mi papá, la dedico con mucho cariño a mis primos que se han convertido en padres, Roberto, Ernesto y Tomás, pidiéndole a Dios que sean para sus hijos reflejos de su amor.



domingo, 29 de septiembre de 2019

Sono arrivato a Roma!


         No recuerdo desde hace cuánto tiempo había deseado y anhelado esto, pero hoy, finalmente, pise Roma por primera vez (primera de muchas, espero). Camino por las calles lleno de emoción, me siento como si ya conociera la ciudad, como si la visitara cada semana, ¡como si estuviera en casa!

         Roma, “¡la ciudad eterna!” Definitivamente, es el nombre más adecuado para la ciudad, sobre todo hoy en día que hay eternas filas de turistas en todos lados (casi parece imposible descubrir aún un lugar escondido y secreto dentro de la ciudad). Justo ahora, me encuentro en una fila. Creí que no tardaría más de 5 minutos, pero llevo ya cerca de 30 minutos y aún no he avanzado. De hecho, no se alcanza a ver el final de la fila, únicamente que en algún punto da vuelta a la derecha y…habrá que esperar a avanzar para saber qué hay después de la vuelta.

         Curiosamente, la fila no se ve tan grande. En realidad, se ve pequeña o mas bien, nos vemos pequeños junto a las imponentes columnas que marcan el camino. Estamos en el Vaticano y las columnas diseñadas por Bernini para dar un gran abrazo a la humanidad nos sirven ahora de cobijo ante el pesado sol de verano.



         La fila comienza a avanzar y cuando uno presta atención, se da cuenta de que hay hombres y mujeres, altos y bajos, viejos y jóvenes. Algunos hablan inglés, otros alemán, la mayoría italiano y yo en realidad no voy hablando porque estoy contemplando la gente, las columnas, los colores… Y veo que, a pesar de ser tan diferentes, todos tenemos algo en común en esa fila.

         Así como yo, todos llevan una hoja en su mano, es una carta invitándonos a participar en la audiencia general de los miércoles con el papa y por eso esperamos pacientemente (pero con visible emoción) en la fila. Y es que todos creemos en el mismo Dios, un Dios que no es indiferente al hombre, que compartió incluso nuestra humanidad y que todavía hoy, nos sigue compartiendo todo lo que él es. Es un Dios que, para darse a conocer, se vale de otros hombres y a través de ellos, sale a nuestro encuentro y nos llama por nuestros nombres, invitándonos a cada uno a una tarea en específico. A algunos los ha llamado para cuidar y enseñar a su pueblo, y entre ellos hay uno que guía y cuida a toda la Iglesia de manera especial. Ése es el papa, y por ello, es un gran regalo poder peregrinar a Roma.

         He hecho varias peregrinaciones en mi vida, sin embargo, nunca había sido tan consciente como ahora de lo que eso significa. Había querido visitar Roma desde que empecé a estudiar italiano hace 16 años y aunque he tenido la gracia de viajar mucho (¡en ese tiempo he salido del país 14 veces!) nunca había podido estar en Italia. En realidad, nunca había estado listo para visitarla y ahora creo que cada uno de esos viajes me fue preparando para poder cumplir el gran deseo que tenía de conocer la basílica de San Pedro. Hace alrededor de año y medio empecé a querer responder la pregunta “¿A qué me está llamando Dios?” y empecé un proceso de acompañamiento vocacional con la intención de ingresar en el seminario. Comencé este viaje con la intención de profundizar en este camino y como en toda peregrinación, regresé no tanto con lo que había ido a buscar, sino con lo que Dios sabía que necesitaba en estos momentos.

         Mi peregrinaje empezó unos días antes cuando, junto con mi hermano, recibía la bendición de nuestros padres y cruzaba la puerta del aeropuerto. Lo habíamos estado planeando desde un año antes y al final, el tiempo se nos vino encima, muchos preparativos se quedaron en el aire y aún el día anterior a nuestra partida yo pensaba que quizá tendría que quedarme en México.



         Una de las cosas que más me emocionaba del viaje, era realizarlo con mi hermano y ya desde los primeros momentos en el avión confirmamos que no hay mejor compañero de viaje (y sobre todo de la vida) que un hermano. Llegamos primero a París a uno de los aeropuertos más famosos del mundo pero que a mi, por su estructura circular y sus cientos de escaleras, me pareció una nave espacial de esas viejísimas y por más que dábamos vueltas y vueltas no encontrábamos nada de nada y fue toda una proeza lograr salir del aeropuerto para llegar a la ciudad.

         Recorriendo el Sena llegamos hasta la catedral de Notre Dame, hacía apenas 2 meses que se había incendiado y verla de cerca fue un escenario bastante triste. El día del incendio yo me encontraba con mis compañeros del seminario. Terminábamos de comer cuando empezamos a escuchar las noticias. Recuerdo que uno de mis amigos del grupo, de ascendencia francesa, me comentaba con mucha tristeza “para mí, también esa es mi catedral”. No dejaba de ser significativo el hecho de estar en plena misión de semana santa.

         Nos acercamos lo más que se podía a la catedral que se encontraba cerrada, llena de tablas, con los andamios aún quemados, la gente llegaba y se tomaba fotos como si fuera un espectáculo más de París. Poco antes había leído que ahora que estaba cerrada, se acercaba más gente que antes por “la novedad” de ver la Iglesia quemada. Supongo que me veía un poco raro rezando frente a Notre Dame, rodeado de turistas y yo persignándome.



         En realidad, me sentía un poco confundido. En los últimos años se ha podido ver como va creciendo una actitud anticlerical y de hostilidad hacia cualquier manifestación religiosa (¡aún en la vida privada!) en el mundo occidental en general y de manera muy particular en Francia. Veía todo eso reflejado en la fachada ahumada de la catedral. ¡La catedral! el corazón de la fe de una ciudad tan importante en la historia de la Iglesia parecía muerta. Muchas veces es difícil entender por qué, a pesar de que Jesús estará con nosotros hasta el fin del mundo, su Iglesia parece derrotada. Sentí que por fin comprendía a los apóstoles cuando lloraron, escondidos y desesperados, la muerte de Jesús.

         Uno de los cuestionamientos que más le hace al cristianismo el mundo secularizado es el de tomar la cruz como signo. Convendría ver la actitud de Juan y Pedro cuando, tres días después de la muerte de Jesús, corren al sepulcro ante las noticias de su resurrección.  ¿Pero por qué buscar en el sepulcro a quien está vivo?  Al ver las vendas caídas y el sudario enrollado pueden decir que Jesús realmente murió, pero es cuando ven el sepulcro vacío que se dan cuenta de que ha resucitado. Y es que la resurrección de Cristo no puede ir separada de su muerte. Lo humano de la cruz se une con lo divino de la resurrección. Sólo contemplando ambos acontecimientos se puede entender el misterio de la salvación. Nuestra propia esperanza en la resurrección comienza con la cruz.


         Al día siguiente fuimos a la iglesia del Sacré Coeur. Se celebraba la misa del Corpus Christi y ha sido una de las misas más increíble, solemne, alegre y llena de fe y devoción en las que he participado. Si es difícil describir lo que se siente en una misa ordinaria, sería imposible describir ésta. Una cosa me quedó claro, ¡en París, la fe no está muerta!

         Cuando uno piensa que la Iglesia está derrotada o que la fe está muerta, quizá esté buscando en el lugar equivocado, quizá solo esté viendo las vendas en el sepulcro sin darse cuenta de que ya está vacío.



         

domingo, 6 de enero de 2019

6 de enero: La Epifanía

Hoy, 6 de enero, conmemoramos un acontecimiento muy importante: La Epifanía. La Epifanía fue la visita de los «magos» de Oriente a un pequeño niño a quien reconocieron y adoraron como rey (Cristo Jesús, Rey del Universo por voluntad del Padre). ¿Por qué adoraron estos magos a un niño recostado en un pesebre?
 Epiphany | pixabay
Cristo no es simplemente un rey, sino el Rey justo y misericordioso que sirve a los demás y que ha venido a rescatar a su pueblo con su vida. Un buen soberano que salva a los que sufren por el mal. Los Reyes Magos se sometieron a su autoridad mediante el gesto de los presentes que le otorgaron siendo recién nacido en Belén: Mirra por ser hombre, oro por ser rey, e incienso por ser Dios.
Nosotros podemos confiar en que los Reyes Magos integrarán nuestras plegarias a aquél que busca nuestro sumo bien, y que tiene el poder para otorgarnos lo que le pidamos. Así que podemos pedirle a los reyes magos aún aquello que parezca más difícil de obtener y que sepamos que es mejor para nosotros, confiando en que es Jesús quien puede concedernos esa gracia porque nos ama.
 Pixabay
Aún si ya hemos entregado nuestra carta a los reyes Magos con lo que nos gustaría recibir mañana como regalo, no olvidemos comunicarles también lo que nos aflige y aquello inmaterial que deseamos. De este modo, será este 6 de enero un buen día para recordar que lo material se descompone, y que donde está nuestro tesoro, ahí estará nuestro corazón. Que sea nuestro tesoro el tiempo de convivencia con los demás y el amor que les tenemos, más que los bienes materiales que recibimos.
Les deseo a todos un feliz día de la Epifanía. Que este año que comienza reciban grandes bendiciones materiales e inmateriales de Aquel que todo lo puede.
 Tres reyes magos - pixabay

miércoles, 18 de abril de 2018

Todos los animales vienen de África


Uno nunca deja de maravillarse por la gran diversidad que hay en la naturaleza, desde la bacteria más pequeña (que aún siendo invisible puede ser letal) hasta la ballena más grande que hay en el océano (que pueden llegar a ser muy amigables con los humanos). Lo cierto es que una persona jamás podría conocer todos los animales y mucho menos llegar a entender el papel que juegan en el planeta. Sin embargo, el hombre siempre ha querido conocer más acerca de la naturaleza y compartir lo que observa, así los viajeros llevaron animales de un lugar a otro para mostrarlos e incluso formar colecciones de animales que dieron lugar a los zoológicos. Hoy en día, a miles de años de distancia del primer zoológico, no es necesario viajar, ni siquiera al parque más cercano, para poder ver animales exóticos pues la televisión ha ayudado a difundir el conocimiento sobre los animales e incluso hay canales dedicados exclusivamente a ellos.

Un día me encontraba en casa de mis abuelos viendo un programa de televisión sobre los bagres gigantes del amazonas, era un programa sombrío y violento, ¡hasta relataban cómo estos peces comían gente! Es importante mencionar que dicho programa lo veía acompañado de mi tía a quien le fascinaba ver animales en la tele. Claro que yo también prefiero ver al bagre en una pantalla que estando perdido en la selva Brasileña. Estando los dos viendo la tele, llegó alguien, rápidamente quedó atrapado por las imágenes y preguntó “¿De dónde son esos peces?” a lo que mi tía respondió rápidamente “De algún lugar de África”. Y es que, para mi tía, desde el oso polar hasta el ornitorrinco, eran animales de África.

Mi infancia está llena de recuerdos como estos, siempre familiares, rodeados de mis abuelos, tíos, primos…y por supuesto, mi tía. La hermana menor de mi abuelo a quien quise entrañablemente. Cuántas veces no llegaba, saliendo de la primaria, a comer a casa de mis abuelos y subía a la azotea al pequeño cuarto donde vivía mi tía y la encontraba tocando la guitarra y cantando. Más de una vez quiso enseñarme una canción, casi podría decir que fue mi primer maestra de música, claro que no podría yo decir que fui un buen alumno, pero si recuerdo con cariño esos momentos en los que veía a mi tía tocando.

Recuerdo también alguna de sus frases, siempre repetida cuando alguien estaba de travieso. “¡Pareces niño chiquito!”. Cierto día, estábamos jugando con un primo que tendría unos cinco años, y estaba algo latoso por lo que se ganó el regaño “¡Pareces niño chiquito!” a lo que su hermano respondió, “Pero tía, ¡es un niño chiquito!” y mi tía finalizó la discusión con un contundente, aunque socarrón, “Pues que crezca”. Y es que ella vió crecer de cerca a sus sobrinos y luego a nosotros, sus sobrinos nietos y aunque dicen que crecer duele, además de ser inevitable, nos permite entender mejor lo que nos rodea, y sobre todo, a quienes nos rodean.

Hoy que se un poco más acerca de mi tía, he llegado a admirarla y a pensar que su vida, fue una de las más plenas que conozco. Sin duda, la persona que más la marcó fue su padre, un hombre también admirable que, no pudiendo su hija hablar bien hasta la edad de 9 años, la impulsó hasta que logró ser la directora de un jardín de niños de nombre Cri-Cri. ¡Vaya que sabía lo que era un niño chiquito!
Las circunstancias de la vida, la llevaron a vivir al lado de su hermano y de su cuñada. Un gran sacrificio para todos que supieron llevar con entrega y alegría, con sus naturales altibajos. Y como todo gran sacrificio, rindió sus frutos, y uno de ellos, por el que estoy muy agradecido, es que pude conocer muy de cerca a mi tía.  Además de la guitarra, aprendió a tocar el piano y llegó a cantar en un coro. Aún conservo sus partituras del réquiem de Mozart. Era de las pocas personas que conozco que podían apreciar cualquier concierto, ya fuera de vivaldi, de stravinsky o de algún compositor contemporáneo. Además de la música, su otra gran pasión que tenía era Dios. Siempre estuvo ávida de conocimiento y durante mucho tiempo se dedicó a tomar y dar cursos de pastoral. Cuando llegaba a platicar con ella de esos temas me impresionaba lo que sabía y ya quisieran muchos teólogos entender ciertas cosas con la sencillez y humildad con que ella las entendía.

Hace unos meses le diagnosticaron leucemia y me llegó a comentar que ella se sentía lista para morir. Que ella ya sabía que cuando Dios dijera sería el momento. Me impresionó la tranquilidad con que me lo dijo. Me parece un muy buen ejemplo para el mundo de hoy el poder aceptar la muerte con esa tranquilidad y con esa fe. Y es que, ¿qué importancia tiene el decir que todos los animales vienen de África, si sabemos de dónde venimos nosotros? Teniendo certeza sobre nuestro origen, la podemos tener también sobre nuestro destino y, así como mi tía, estoy seguro en que esta vida es sólo de paso, y que si Jesús murió en la cruz con los brazos abiertos es para poder recibirnos así el día que, plenamente, empecemos a vivir.

Hoy llegó ese día para mi tía, me siento muy contento porque estoy seguro que vivió una vida plena, llena de experiencias de las que supo enriquecerse. Y, como en el episodio de Marta y María, a mi parecer, ella siempre supo elegir la mejor parte de la vida. Confío en que Jesús la recibirá como al buen ladrón y que dará consuelo a mis abuelos con quienes compartió esto y mucho más a lo largo de su vida.

Sólo un par de pensamientos más, otra de las frases de mi tía era un alegre “¡Pedrito, que milagro!” cada vez que me veía. Hace unos días, la última vez que la vi, estaba ya agonizante y con mucha dificultad para respirar, pero cuando me vio sonrió y me dijo una vez más, “¡Pedrito, que milagro!” se que, cuando llegue mi hora, la volveré a ver y me dirá lo mismo, solo que esta vez, será un saludo que durará para siempre. Porque si algo aprendí estos días es que, las despedidas no son duras si tienes fe. Mi abuela se fue a despedir de mi tía cuando iba a ir al hospital, sabía que podría ser la última vez que la viera. Fue muy simple, se saludaron, mi abuela le dijo “Irma, te quiero mucho, que Dios te acompañe.” Y mi tía le contesto “gracias, yo también” y se despidieron con un “¡Nos vemos!” Espero que, cuando llegue mi hora, sea capaz de despedirme de todos con esa confianza, sencillez y tranquilidad que me enseñaron mi tía y mi abuela. Y de aquí en adelante, si alguien me pregunta, diré que todos los animales vienen de África.



miércoles, 20 de septiembre de 2017

El hombre ha sido creado para alabar a Dios, ¿aún por la tierra que tiembla?

No podría recordar con exactitud cuál fue el primer sismo que viví. Recuerdo alguno en la primaria, alguno en casa de mis abuelos…pero sí recuerdo el primero que “sentí”. Me encontraba sólo en casa, trabajando en la computadora, quizá haciendo algún trabajo de la secundaria o quizá simplemente pasando el rato. De pronto me sentí mareado y como si me diera vueltas la cabeza. Mi primer pensamiento fue que había ya pasado demasiadas horas frente a la computadora, faltaban años para que existiera la alarma sísmica en las calles, cuando entró mi abuelita por la puerta asustada diciéndome que había temblado. Hicimos lo de siempre, salir a la calle donde los vecinos ya se juntaban. Sólo recuerdo que estaba un poco nervioso porque ahora sí sabía lo que se sentía un temblor.

Antes de eso para mí un temblor únicamente era un movimiento de lámparas, algún letrero en la calle…nada más. Sin embargo, siempre que había un sismo nuestros abuelos y nuestros padres nos contaban del 85. Estaban agradecidos que el sismo que acababa de pasar no hubiera sido como aquel año.

Cuando entré a la universidad nos dieron una plática acerca de los temblores. Supongo que fue por mi edad, pero empecé a ser más consciente de lo que podía implicar. Se instaló la alarma sísmica en las calles, se hacían más simulacros… hasta hace un día habría dicho que sabía lo que era un temblor y lo que se debía hacer durante uno. En la ciudad de México todos sabemos lo que es un temblor, creo que para mí y la mayoría de mi generación no había duda de eso.

El primer susto vino hace unos días, me encontraba con mis amigos en Hermosillo. Después de un día de conferencias durante un congreso y de una cena bien merecida regresamos al hotel entre risas y carcajadas cuando recibí un mensaje de un amigo, “¿Todos bien?” En cuanto lo leí supe que había temblado, pregunté, “¿tembló?” La respuesta sólo fue “Tembló durísimo. 8.1 preliminar”. Rápidamente les dije a mis compañeros al tiempo que intentaba contactar a mi familia. En México estábamos acostumbrados a los temblores, si, de no más de 7 grados. Siempre que nos hablaban del 85 mencionaban ese 7.9. Para nosotros saber que había habido un temblor de 8.1 era algo nuevo y alarmante. Uno de los comentarios que recuerdo fue, se debe haber caído la ciudad. No recuerdo haberles dicho después a mis padres y mi hermano lo asustado que estaba pensando que algo grave habría podido ocurrir.

Gracias a Dios nos contestaron pronto, todos bien. La ciudad, saldo blanco. Todos estaban orgullosos de cómo, 32 años después del 85, la ciudad había resistido un sismo “más fuerte”. Parecía que todo había salido bien, los chistes empezaron a circular por internet. Sin embargo, poco a poco nos fuimos enterando de la situación en Chiapas y Oaxaca. No era muy alentador.
Se habló mucho del temblor, el porqué en la ciudad no había habido daños, la distancia al epicentro... En las noticias hablaban del sur del país pero quizá no se le prestaban la atención que debía, rápidamente dejo de ser el titular en las noticias. Aunque se empezó a organizar la ayuda. En los pasillos de mi facultad se veían varias cajas con la ayuda necesaria para enviarla.

Las fiestas del 15 y 16 de septiembre se vieron marcadas por la aparición del grito “¡Viva la solidaridad con Chiapas y Oaxaca!” pero también por una ausencia. Por la ausencia de muchos militares durante el desfile. Militares parte del plan DN-III que ha salvado tantas vidas en México y en otros lugares del mundo. Ese ejército que, en todos los desastres naturales, nos llena de orgullo a los mexicanos de saber que siempre están ahí apoyando a su país. Siempre se le aplaude especialmente durante el desfile. Pero esta vez no pudieron asistir. Todos lo entendieron, todos lo celebramos.

Entre vivas y tradiciones, llegó el 19 de septiembre. Yo había comentado que me parecía poco sensible hacer un simulacro días después del terremoto en el sur del país. Me parecía poco solidario de parte de la capital del país, de un país que es centralista en exceso y una ciudad que cada día se mostraba más egoísta. Aún había gente que decía que en el sismo de la semana anterior no había pasado nada. Sonó la alarma, salimos procurando tener algo de sombra mientras duraba la ceremonia. Vimos a lo lejos a dos profesores con un altavoz, no se escuchaba nada. Al poco tiempo nos dejaron pasar de nuevo a los laboratorios. 

Hasta hace un día habría dicho que sabía lo que era un temblor…hoy, sé que jamás olvidaré el sonido de las ventanas crujir, la confusión por algunos segundos, escuchar un golpe sordo, pero bastante fuerte, mientras sentía una sacudida dándome cuenta de que estaba temblando. Y así salimos todos. No hubo alarma que avisara, no hubo tanta calma al salir como unas horas antes.

Caras asustadas, caras nerviosas, caras serias…creo que todos teníamos los mismos sentimientos. No sé que cara tendría yo, pero estaba asustado. Comenzamos a caminar hacia el estacionamiento de la facultad, rápidamente comenzamos a enterarnos de los daños. Una parte pequeña del barandal de un edificio se había caído, a lo lejos se veía uno de los edificios de la universidad con las ventanas rotas. Un coche prendió su radio y comenzamos a enterarnos de lo que sucedía en la ciudad. Había edificios caídos, comenzaba el caos.

Nadie podía, ni podrá entenderlo, por qué 32 años después. Por qué un 19 de septiembre. Lo que algunos no vivimos entonces, ahora no podremos olvidarlo. Esta vez, las noticias fueron más lentas, poco a poco, algunos nos fuimos enterando de que nuestras familias estaban bien. Otros seguían intentando comunicarse. Nadie sabía que hacer, regresar a casa, quedarse en la universidad.  Decidí venir a casa. En el camino encontré un amigo que buscaba a su hermana. Se veía preocupado y nervioso. Le presté mi celular pero la señal iba y venía. Finalmente logró contactarla. Su cara cambió al instante.

Al llegar a casa, nada de luz. La única fuente de comunicación, un radio viejo con un par de pilas. Caos en varios lugares, pero la gente ya había comenzado a ayudar. Mi hermano y yo comenzamos a buscar algún sitio donde poder ayudar. Afortunadamente no había edificios cercanos derrumbados. Por el radio pedían no salir, el transporte era imposible en esos momentos en la ciudad. La impotencia que sentía era algo completamente nuevo para mí. Había necesidad y yo no podía hacer nada.  

Así como me habían enseñado durante años mis abuelos y mis padres, comenzamos a rezar un rosario. A las 7, habría una misa en la parroquia. Al llegar a la iglesia, vimos el templo cerrado. En el atrio, un pequeño altar improvisado, una bandera de México y una imagen de la virgen de Fátima. A los pies del altar, los restos de la cruz de cantera que había a la entrada del templo. Fue una misa emotiva. Aún se sentía el dolor, la conmoción, el temor, la duda.

Saliendo de la iglesia nos fuimos al estadio de la universidad. Habían convocado para formar brigadas de ayuda. Rápidamente encontramos un grupo, nos juntamos, nos dijeron que seríamos la brigada 76. Mientras pasaba el tiempo, comenzaron a salir las primeras brigadas mientras pedían de manera especial la ayuda de médicos, ingenieros y arquitectos. El tiempo siguió pasando. Nos dijeron que en ese momento ya no se necesitaban más voluntarios, que regresáramos a las 5 de la mañana.

Otra vez la duda, quedarse y esperar a que nos necesitaran o regresar a nuestras casas y volver a sentirnos impotentes. Nuestro grupo decidió quedarse. Cerca de una hora después no se veía más movimiento por parte de las brigadas. Nos dijeron lo mismo, se encontraban saturados de voluntarios y quizá nos necesitarían al día siguiente, o al siguiente. En el estadio ya estaba organizado el centro de acopio. Llegaba la ayuda y rápidamente la cadena humana la llevaba hasta el fondo. También ahí sobraban las manos. Solo quedaba esperar a que nos necesitaran.

Regresando a casa, las noticias sólo hablaban del sismo, del recuento de daños, bastante más grave de lo que habían dicho en un principio. El número de personas que habían muerto aumentaba. En la madrugada decidí acostarme para reponer fuerzas para el día siguiente. Tardé un buen rato en poder dormir.

Así viví el día que, como aquél que vivieron mis padres hace 32 años, jamás olvidaré. Con su silencio, con las sirenas en las calles, con los helicópteros en el cielo. Y así es como ahora, un día después, habiendo ayudado en lo poco que pude, me tomo un tiempo para seguir con las reflexiones que comencé frente a ese altar con la bandera y algunos pedazos de escombro.

El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios…. he leído esto anteriormente y creo firmemente que Dios creó el cielo y la tierra. Es fácil alabar a Dios por la creación cuando vemos un amanecer, los tonos rojos en el cielo, las montañas al fondo, los pájaros que comienzan a salir. Pero es imposible no sentirse confundido cuando intentas alabar a Dios por la tierra que tiempla y cuando has visto la destrucción que esto puede causar.

La pregunta no es nueva ni soy yo el primero que se la hace ¿Por qué pasa esto? Hoy un sacerdote me recordó la respuesta. Es simple, no vivimos para este mundo. Creo también firmemente en la resurrección y en la vida futura. Una vida plena, donde ya no habrá más sufrimientos. ¿Por qué pasa esto? Quizá no lo sabemos en el momento y debemos darnos cuenta poco a poco. Lo que hemos vivido en el país es algo terrible, pero la solidaridad que hemos vivido es más grande. Lo que vivimos hoy nos duele pero quizá más de una familia distanciada se volverá a unir. Particularmente, volví a hablar con una persona con quien me había dejado de hablar hace algún tiempo. Esa persona, y su familia, se encuentran bien y fue una gran paz para mí saberlo.  

Sufrimos, si, pero sabemos que pronto habrá motivos para volver a sonreír. El aniversario de mis abuelos es el 20 de septiembre. Curiosamente después del sismo del 7 de septiembre pensé cómo habrían pasado su aniversario en aquél año del 85. Hoy se exactamente cómo lo vivieron y se que, aun entre el sufrimiento ellos tenían un motivo para sonreír.

Más aún, fue un terremoto el que anunció a Jerusalén que Cristo había muerto, pero tan sólo al tercer día sería un amanecer el que trajera la gran noticia, ¡Cristo resucitó! El cantar del gallo, nos devolvía la esperanza.

Pido a Dios por todas las personas muertas durante este sismo para que resuciten con Cristo. Como mexicano agradezco la solidaridad de las demás personas y de los que no son mexicanos y nos muestran su apoyo. Se que vienen algunos días difíciles pero confío en que pronto tendremos nuestros motivos para volver a sentir la vida y alabar a Dios por la creación y, si nos concede la suficiente sabiduría, alabarlo aún cuando su creación sobrepasa nuestro entender.


miércoles, 1 de enero de 2014

Reflexiones sobre el sufrimiento

“ -¿Cómo van a gritar? Es cosa de un instante. Se coloca al hombre sobre una plancha y en seguida cae la cuchilla, movida por una potente máquina llamada guillotina. La cabeza queda cortada antes de tener tiempo de parpadear. Los preparativos son horrorosos. Sí, lo más terrible es cuando leen la sentencia al condenado, cuando le visten, cuando le maniatan, cuando le conducen al cadalso… Recuerdo que el criminal era un hombre inteligente, maduro, fuerte y resuelto. Pero le aseguro, aunque no me crea, que cuando subió al cadalso iba llorando y blanco como el papel. ¿No le parece increíble y tremendo? ¿Cómo cabe que haya quien llore de miedo? Yo no creía que el terror pudiese arrancar lágrimas a un adulto, a un hombre de cuarenta y cinco años que no había llorado jamás. ¿Qué pasa en el alma en ese momento? ¿Qué terrores la dominan?
-Al menos con ese género de suplicio no se sufre mucho.
-Eso es precisamente lo que todo el mundo dice y para eso se inventó la guillotina. Pero yo, mientras asistía a la ejecución, me decía: “¿Quién sabe si la rapidez de la muerte no la hace más cruel aún?”

El idiota. Dostoievsky

Todos sabemos que tarde o temprano debemos morir pero eso no hace que hablar de la muerte, en especial de la propia muerte, resulte sencillo dado que muchas veces causa temor. Tal vez porque la muerte generalmente va acompañada de sufrimiento, no solo para la persona que muere pero también para la gente a su alrededor, su familia o sus amigos, y en algunas ocasiones se lamenta la pérdida por toda una comunidad o incluso por el mundo.

O quizá también porque la muerte puede llegar de varias formas y en cualquier momento. Es verdad que no conocemos el día ni la hora pero tampoco la forma en la que llegará y eso puede aumentar el temor que se tiene a la muerte.

He notado que en general la gente dice preferir una muerte rápida sin mucha agonía y sonaba bien hasta que me topé con esa frase del idiota de Dostoievsky y lo digo así porque hoy en día parecería idiota pensar que una muerte rápida es más cruel que una muerte lenta por una enfermedad crónica o por un avance excesivo de la edad que vuelve a alguien “dependiente” de los demás.

La verdad es que he encontrado muy ciertas las reflexiones del escritor ruso. Cuando alguien muere rápidamente es generalmente una muerte violenta, y en especial para los que se quedan. Cuando una persona muere repentinamente no faltará aquél con quien no alcanzó a reconciliarse o ese hijo que desde hacía tiempo quería disfrutar un tiempo con su padre…sí, creo que son crueles y violentas las muertes rápidas y en especial cuando lo rápido no es en si el suceso de la muerte sino el tiempo que vivió una persona; es muy cruel y violento ver la muerte de tantos niños por la razón que sea.

En contraste cuando una persona muere después de una larga agonía por una enfermedad o por su avanzada edad generalmente existe un ambiente de paz y tranquilidad. Luego de las dificultades que provocó esa agonía ahora se puede descansar. Y además, sabiendo que la muerte está cerca, se puede por decirlo de alguna manera, dejar listos todos los asuntos pendientes como esa reconciliación o aquel hijo del que hablábamos.

Ahora bien, muchos dirían que la enfermedad en sí también es cruel y violenta. Es claro que ahora se tiende a evitar el sufrimiento y se le tiene más miedo aún que a la misma muerte. Me parece que esto se debe a que la gente no sabe vivir el sufrimiento y tal vez hasta podría decirse que no lo valora lo suficiente. En un contexto religioso el sufrimiento puede valorarse y sobrellevarse si se une al sufrimiento de Cristo en la cruz. Devolviendo así no sólo el valor y la dignidad de los que sufren sino tal vez más aún, haciéndolos partícipes de ese camino redentor como decía Juan Pablo II  cuando hablaba del sufrimiento humano en un sentido sobrenatural.

Por lo tanto esa tendencia general a aceptar la eutanasia para evitar ese sufrimiento termina por no reconocer el valor de la vida humana con todo lo que conlleva además de que suele ser un acto bastante egoísta aunque en general esto sea inconsciente. Los  hijos que viendo a sus padres enfermos y viejos buscan en ese “evitar el sufrimiento” quitarse el peso de encima cuando no el estorbo que representan sus padres. El Estado que promueve la eutanasia busca también en ese “evitar el sufrimiento” reducir gastos de salud pública. Aquel cónyuge que quiere “evitar el sufrimiento” de su esposo o esposa muchas veces quiere evitar su propio sufrimiento para poder continuar su vida. La verdad es que la eutanasia parte de la falsa idea de que el sufrimiento o la edad restan dignidad a la persona  y quizá su vida ahora vale menos que la muerte.

Finalmente también Juan Pablo II hablaba del sufrimiento en un sentido humano diciendo que en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.

El sufrimiento tal vez sea inevitable pero es una parte importante de la naturaleza humana. Por lo tanto, no debemos permitir que el sufrimiento vaya en detrimento de la dignidad humana sino que, por el contrario, debemos entender su importancia en nuestras vidas y solo así podremos ser capaces de comprender y no abandonar a las personas que sufren.